"El Romanticismo es una categoría de arte basada en el reconocimiento de que el hombre posee la capacidad de la voluntad." - Ayn Rand
Muchas personas entienden el Romanticismo simplemente como un aspecto del amor, o más concretamente como una "forma de amar" (el amor romántico). Un estudio más profundo sugiere que el Romanticismo es una escuela o categoría de arte que ensalza la supremacía de los sentimientos por encima de la propia razón. Es precisamente en este punto donde surge la dificultad de definir la naturaleza del Romanticismo: si los clasicistas anteriores fungían como "campeones de la razón" -cuando no tenían respuestas reales a por qué sus reglas debían aceptarse como válidas-, a los románticos se los relegaría de esta línea y serían definidos como defensores de las emociones -de la primacía de las emociones-. Este elemento emocional fue el rasgo más fácil de identificar del movimiento romántico y se lo tomó como definitorio de este, sin más. Pero esta concepción derivó de estudiar los consecuentes sin tener en cuenta los antecedentes, a saber: que los sentimientos son respuestas a ideas, a valores. Primero viene el análisis racional y, una vez realizado, el final de esta cadena conceptual es el sentimiento, y no al revés (el hecho es que este proceso ocurre en nuestro cerebro demasiado deprisa como para identificarlo a través de experiencias meramente concretas, siendo necesaria una reflexión más rigurosa). La confusión terminó de asentarse si tenemos en cuenta que los románticos veían su causa, ante todo, como una lucha por su individualidad, y al no ser capaces de definir en términos conscientes y racionales las justificaciones metafísicas de dicha tendencia, optaron por los sentimientos como estandarte de sus intenciones artísticas. De este modo, además de no indagar en las auténticas bases de su pensamiento, o filosofía, o simplemente sentido de vida, también rechazaron el papel fundamental que la razón jugaba en su forma de arte. El motivo es simple: por aquel entonces se desconocía el hecho de que la facultad de la razón es la facultad de la voluntad, debido, en gran parte, al inmenso influjo de las filosofías posrenacentistas. Teniendo en cuenta, a su vez, que autores como Schelling o Schopenhauer (abiertamente místicos), que defendían la supremacía de los instintos y los caprichos sobre la razón, fueron declarados como románticos, el desconcierto estaba asegurado desde la disciplina cuyo cometido es explicar las funciones y la naturaleza del arte: la Filosofía (pues la Estética es una rama de la Filosofía).
Si el hombre es un ser de conciencia volitiva, quiere decir que su interés más íntimo y fundamental gira en torno a la elección de los valores que habrán de guiar sus acciones, de lo que es corolario el hecho de que debe actuar para alcanzar dichos valores y/o mantenerlos. Ocurre así tanto en el amor romántico -del que hablaré en una entrada posterior- como en el concepto artístico de Romanticismo o como actitud hacia la vida. La confusión que mencionaba antes es identificable en las gigantescas contradicciones internas de los llamados artistas románticos, y dichas contradicciones son consecuencia -no causa- de desligar la razón de los sentimientos (insisto: el reconocimiento emocional es una parte vital del proceso racional). Por tanto, lo que el Romanticismo trajo al arte -aunque sus propios defensores lo negaran o no supieran identificarlo- fue la primacía de los valores y de las ideas: las obras románticas giraban en torno a una fuerte intensidad emocional, un colorido llamativo, una imaginación desmedida y un sentido del yo profundamente arraigado. Todas estas características son el reflejo de los valores y de los juicios de valor de los románticos.
Dicho esto, en entradas posteriores haré hincapié -con más detalles y argumentos- en los errores de interpretación en torno al Romanticismo (y no solo como escuela de arte, sino en general).
"La filosofía no promete asegurar nada externo al hombre; en otro caso supondría admitir algo que se encuentra más allá de su verdadero objeto de estudio y materia. Pues del mismo modo en que el material del carpintero es la madera, y el del escultor, bronce, el objeto del arte de vivir es la propia vida de cada cual." - EPÍCTETO
lunes, 24 de febrero de 2014
viernes, 21 de febrero de 2014
PETER DINKLAGE ES EL MEJOR ACTOR DE TODOS LOS TIEMPOS
(No contiene spoilers)
♥ ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ ♥
-Peter Dinklage SABE actuar. Tú no.
-Peter Dinklage actúa como debería actuar cada puto actor de este puto mundo.
-Peter Dinklage es tan expresivo que a su lado Jim Carrey es como Kristen Stewart puesta de yerba.
-Peter Dinklage no puede actuar mejor sin constituir un nuevo eslabón evolutivo.
-Si Peter Dinklage quisiera tu culo, se lo acabarías dando.
-Peter Dinklage expresa más en una escena que la mayoría de actores en toda su carrera.
-Peter Dinklage es un milagro de la interpretación.
-Si Peter Dinklage no gana otro emmy asimilaré que nada tiene sentido en este mundo.
-La propia franquicia de Juego de Tronos le viene pequeña a Peter Dinklage, que ya es decir.
-Peter Dinklage: Dios de las tetas, el vino y la interpretación.
-Cuando veo a Peter Dinklage actuar recupero la esperanza en el género humano.
-No importa cuál sea tu actor favorito. Da igual que creas, razonadamente o no, que hay actores mejores. Estás equivocado. Solo necesitas un nombre: Peter Dinklage.
-Peter Dinklage sufre enanismo, pero es más grande que la mayoría de los mortales.
-Peter Dinklage nos regaló una escena que este mundo no merece.
-Peter Dinklage me ha hecho ver lo desesperadamente hambriento que yo estaba de una buena interpretación.
-No, ahora en serio: si Peter Dinklage no gana otro emmy comenzaré las conspiraciones para destruir este planeta, porque obviamente no se merece ser salvado.
-He tenido que cortar ciertas viejas amistades, pues había algunos que no conocían el nombre de Peter Dinklage.
-Digo más: he tenido que dejarlos de lado porque el conocer a Peter Dinklage me coloca en un estado superior de conciencia y moral, por lo que deberán absorber su genialidad antes de pretender llamarse amigos míos.
-Peter Dinklage.
-Peter Dinklage otra vez, por si no había quedado claro. No, lo de antes no fue una errata. ¿La prueba? Peter Dinklage.
-Yo antes era ateo. Ahora creo en Dios, y Peter Dinklage es Dios.
domingo, 2 de febrero de 2014
Iba a repasar Unamuno, pero he decidido ponerme enfermo
Todo comenzó con un pensamiento, hace un par de días: "Unamuno entrará en el examen. Es un hecho. Los profesores de literatura se juntan de vez en cuando para hacer una masturbación furiosa y grupal mientras piensan en Unamuno". A partir de ahí me costó parar.
- Unamuno era triste, cínico e irracional, y cuanto más triste, cínico e irracional es un escritor español, más pasiones levanta. Ten en cuenta que ser inteligente, aplicar la lógica y saber discurrir no te convierte en racional. Hannibal Lecter no era racional, por ejemplo.
- Unamuno creía en los instintos. Tenlo en cuenta.
- Unamuno no llegó a formular un sistema filosófico coherente, complejo y cerrado, pero parece ser que le daba mil patadas a cualquier filósofo, como parece ser que en el centro de la galaxia habita una jirafa de tres cabezas llamada Perséfone.
- Unamuno quería trascender, pero se consideraba incapaz. Pobre Unamuno.
- Unamuno no expresó correctamente lo que quería, o bien sus críticos han sido mediocres y miopes, pues prácticamente existe un Unamuno para cada crítico (cada cual más deprimente que el anterior, por supuesto).
- Unamuno fue un neomístico, y no hay nada (pero NADA) que empalme más a los pseudointelectuales que un neomístico torturado.
- Unamuno consideraba que el propio autor de una obra no es su mejor crítico, cosa que puede ser cierta o no dependiendo del autor. Pero lo que Unamuno quería decir en realidad es que un hombre no puede ser juez de sí mismo. Unamuno era tan imbécil que ni él mismo se lo creía.
- Unamuno veía los objetivos como lo peor del camino, como una especie de final desgarrador y precursor de un vacío sin precedentes, algo así como morir en vida. Unamuno aseguraba que todo era camino. Unamuno desconocía que cuando alguien es honrado consigo mismo y pelea por su felicidad, el objetivo se está cumpliendo minuto a minuto. Unamuno sufría porque a Unamuno le apetecía sufrir.
- Unamuno me parece ridículo e infantil y ahora mismo es la causa principal de mi aburrimiento, pero como ya mencioné, Unamuno anida en los sueños húmedos de mis profesores y tengo que hacerle una felación sobre la hoja del examen si quiero aprobar, así que me estoy desquitando con esto.
- Unamuno quizás se sintiera ofendido por la terminología que uno de sus críticos utiliza en uno de sus escritos, según palabras del propio crítico. Unamuno adolece de tener críticos gilipollas, dispuestos a pedir disculpas a un cadáver.
- Unamuno no se presta a análisis. Unamuno podría ser definido hoy de una manera y mañana de otra diametralmente opuesta. Unamuno parece estar en manos del Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de Orwell. Unamuno consigue, de este modo, eyaculaciones filológicas por doquier, pues a la mayoría de filólogos les chifla que sus autores favoritos sean incoherentes y no se dejen analizar.
- Unamuno creía, o así lo sospecho yo, que escribir un libro es cuestión de mirar una hoja en blanco a la espera de que las musas te la chupen y tú escupas de repente un super ventas. Unamuno ignoraba que la estructura de un libro (un buen libro y tal) es más compleja que los planos de un rascacielos.
- Unamuno es definido de tantas formas que en el examen lo describiré como el descendiente intelectual de un diplodocus, a ver si cuela.
- Unamuno se empeñaba en reconciliar tendencias incompatibles, lo que me da hambre y sueño.
- Unamuno vivía con la dicotomía moral-práctico, sin saber que eso solo existe dentro de la atolondrada cabeza de uno mismo.
- Unamuno era tan inseguro que resulta deprimente leer algo relacionado con él, ya sea su código postal o su certificado de nacimiento. Unamuno quería parecer patético. Unamuno lo consiguió.
- Unamuno consideraba que renegar intelectualmente de su propia obra era innovador y magnífico. Unamuno: chupa y mama que se derrama.
Yo iba a repasar la obra de Miguel de Unamuno, de verdad, pero he decidido ponerme enfermo.
- Unamuno era triste, cínico e irracional, y cuanto más triste, cínico e irracional es un escritor español, más pasiones levanta. Ten en cuenta que ser inteligente, aplicar la lógica y saber discurrir no te convierte en racional. Hannibal Lecter no era racional, por ejemplo.
- Unamuno creía en los instintos. Tenlo en cuenta.
- Unamuno no llegó a formular un sistema filosófico coherente, complejo y cerrado, pero parece ser que le daba mil patadas a cualquier filósofo, como parece ser que en el centro de la galaxia habita una jirafa de tres cabezas llamada Perséfone.
- Unamuno quería trascender, pero se consideraba incapaz. Pobre Unamuno.
- Unamuno no expresó correctamente lo que quería, o bien sus críticos han sido mediocres y miopes, pues prácticamente existe un Unamuno para cada crítico (cada cual más deprimente que el anterior, por supuesto).
- Unamuno fue un neomístico, y no hay nada (pero NADA) que empalme más a los pseudointelectuales que un neomístico torturado.
- Unamuno consideraba que el propio autor de una obra no es su mejor crítico, cosa que puede ser cierta o no dependiendo del autor. Pero lo que Unamuno quería decir en realidad es que un hombre no puede ser juez de sí mismo. Unamuno era tan imbécil que ni él mismo se lo creía.
- Unamuno veía los objetivos como lo peor del camino, como una especie de final desgarrador y precursor de un vacío sin precedentes, algo así como morir en vida. Unamuno aseguraba que todo era camino. Unamuno desconocía que cuando alguien es honrado consigo mismo y pelea por su felicidad, el objetivo se está cumpliendo minuto a minuto. Unamuno sufría porque a Unamuno le apetecía sufrir.
- Unamuno me parece ridículo e infantil y ahora mismo es la causa principal de mi aburrimiento, pero como ya mencioné, Unamuno anida en los sueños húmedos de mis profesores y tengo que hacerle una felación sobre la hoja del examen si quiero aprobar, así que me estoy desquitando con esto.
- Unamuno quizás se sintiera ofendido por la terminología que uno de sus críticos utiliza en uno de sus escritos, según palabras del propio crítico. Unamuno adolece de tener críticos gilipollas, dispuestos a pedir disculpas a un cadáver.
- Unamuno no se presta a análisis. Unamuno podría ser definido hoy de una manera y mañana de otra diametralmente opuesta. Unamuno parece estar en manos del Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de Orwell. Unamuno consigue, de este modo, eyaculaciones filológicas por doquier, pues a la mayoría de filólogos les chifla que sus autores favoritos sean incoherentes y no se dejen analizar.
- Unamuno creía, o así lo sospecho yo, que escribir un libro es cuestión de mirar una hoja en blanco a la espera de que las musas te la chupen y tú escupas de repente un super ventas. Unamuno ignoraba que la estructura de un libro (un buen libro y tal) es más compleja que los planos de un rascacielos.
- Unamuno es definido de tantas formas que en el examen lo describiré como el descendiente intelectual de un diplodocus, a ver si cuela.
- Unamuno se empeñaba en reconciliar tendencias incompatibles, lo que me da hambre y sueño.
- Unamuno vivía con la dicotomía moral-práctico, sin saber que eso solo existe dentro de la atolondrada cabeza de uno mismo.
- Unamuno era tan inseguro que resulta deprimente leer algo relacionado con él, ya sea su código postal o su certificado de nacimiento. Unamuno quería parecer patético. Unamuno lo consiguió.
- Unamuno consideraba que renegar intelectualmente de su propia obra era innovador y magnífico. Unamuno: chupa y mama que se derrama.
Yo iba a repasar la obra de Miguel de Unamuno, de verdad, pero he decidido ponerme enfermo.
viernes, 31 de mayo de 2013
Entrevista al primer cazador-recolector que decidió hacerse productor
Aprovechando que me sobraban un par de minutos entre génesis y génesis de planetas, se me ocurrió viajar otrora cuando lo del paso del Paleolítico al Neolítico y demás (Mesolítico lo llaman, dice la leyenda), cuando un tipo muy simpático se cansó de ser nómada estación sí, estación también. Como soy un maleducado de mierda me presenté allí sin más, unos 7000 años antes de estas líneas, y ni me molesté en preguntarle a mi entrevistado su nombre; de modo que le llamaremos Bob. A orillas del Tigris me refirió su genialidad. Veamos:
YO - Cuéntame, ¿qué te inspiró a abandonar la vida nómada y buscar recursos renovables cerca de los ríos?
BOB - Pues varias generaciones de desplazarnos y montar múltiples campamentos conforme a las estaciones me hicieron pensar: "¡Eh! ¡Sedentarismo!", mire usted.
YO - Pero eso y nada es casi lo mismo; tienes que concretarme más, tío.
BOB - Verás, algunos de los cazadores más virtuosos y yo decidimos ir almacenando la carne de las gacelas y ciertos cereales en recintos situados dentro de los susodichos campamentos, ¿comprende lo que le digo?
YO - Eso me repugna. Continúa.
BOB - Es usted muy amable. El caso es que, por otra parte, me llamaron la atención esos... ¿cómo los ha denominado usted?
YO - ¿Sexo perruno-masoquista-espacial?
BOB - No, antes de eso.
YO - ¡Ah! Ríos.
BOB - Justamente. Los ríos nos están proporcionando agua día tras día, y no parece agotarse. Además, los de Jericó también se han dado cuenta de estas posibilidades, y nosotros no podemos ser menos.
YO - ¿De modo que plagiaste la idea de otros cazadores?
BOB - ¡En lo absoluto! ¡Cuán ofendido me hallo, señor!
YO - Disculpa, no era esa mi intención.
BOB - No se preocupe, puedo ver que usted es buena persona. A lo que iba: los ríos también nos proporcionan peces, lo cual me supuso un gran alivio.
YO - ¿Por qué?
BOB - Algunos de mis compañeros estaban empeñados en comerse a los perros, pero yo (entre otros) sugerí su domesticación. Porque, joder, ya no tenemos renos, y capturar ciertos animales como el jabalí y la gacela requerían técnicas más sofisticadas. ¿Me sigue usted?
YO - Sí.
BOB - Pues deje de hacerlo o llamaré a la policía.
YO - Amenaza denegada, tronco. Ni han nacido los hermanos Marx ni tenéis policía, no te salgas de tu época.
BOB - Lo siento. ¿Me perdona usted?
YO - No. Siguiente pregunta: ¿qué opinas de mi pelo?
BOB - Muy bonito.
YO - Gracias. Bien, eso fue rápido. Siguiente: ¿qué hay de las exequias?
BOB - Algunos son mejor enterrados que otros por sus méritos como cazadores, pero me preocupa que los descendientes de dichos cazadores se aprovechen de las mencionadas hazañas y que eso, con el tiempo, genere alguna que otra diferencia social.
YO - Ocurrirá, descuida. ¿Es grande tu poder?
BOB - ¿A qué viene esa pregunta, señor?
YO - Nada, es que me aburro. Desfrunza ese ceño fruncido, no eres tú la causa de mi aburrimiento. Bueno, en realidad sí. Pero no importa, me caes bien. ¿Y vuestra faceta artística?
BOB - Todo muy figurativo, ciertamente. Ahora tengo que despedirme de usted; he de pescar y tal. Por cierto, ¿qué es eso que tiene usted entre las manos y que no ha parado de rasgar desde que comenzó nuestra conversación?
YO - ¿Esto? Papel y lápiz. La palabra escrita. ¿Te gusta?
BOB - Me gusta. ¿Puedo verlo?
YO - No faltaría más.
Y así introduje la escritura en el mundo.
De nada.
YO - Cuéntame, ¿qué te inspiró a abandonar la vida nómada y buscar recursos renovables cerca de los ríos?
BOB - Pues varias generaciones de desplazarnos y montar múltiples campamentos conforme a las estaciones me hicieron pensar: "¡Eh! ¡Sedentarismo!", mire usted.
YO - Pero eso y nada es casi lo mismo; tienes que concretarme más, tío.
BOB - Verás, algunos de los cazadores más virtuosos y yo decidimos ir almacenando la carne de las gacelas y ciertos cereales en recintos situados dentro de los susodichos campamentos, ¿comprende lo que le digo?
YO - Eso me repugna. Continúa.
BOB - Es usted muy amable. El caso es que, por otra parte, me llamaron la atención esos... ¿cómo los ha denominado usted?
YO - ¿Sexo perruno-masoquista-espacial?
BOB - No, antes de eso.
YO - ¡Ah! Ríos.
BOB - Justamente. Los ríos nos están proporcionando agua día tras día, y no parece agotarse. Además, los de Jericó también se han dado cuenta de estas posibilidades, y nosotros no podemos ser menos.
YO - ¿De modo que plagiaste la idea de otros cazadores?
BOB - ¡En lo absoluto! ¡Cuán ofendido me hallo, señor!
YO - Disculpa, no era esa mi intención.
BOB - No se preocupe, puedo ver que usted es buena persona. A lo que iba: los ríos también nos proporcionan peces, lo cual me supuso un gran alivio.
YO - ¿Por qué?
BOB - Algunos de mis compañeros estaban empeñados en comerse a los perros, pero yo (entre otros) sugerí su domesticación. Porque, joder, ya no tenemos renos, y capturar ciertos animales como el jabalí y la gacela requerían técnicas más sofisticadas. ¿Me sigue usted?
YO - Sí.
BOB - Pues deje de hacerlo o llamaré a la policía.
YO - Amenaza denegada, tronco. Ni han nacido los hermanos Marx ni tenéis policía, no te salgas de tu época.
BOB - Lo siento. ¿Me perdona usted?
YO - No. Siguiente pregunta: ¿qué opinas de mi pelo?
BOB - Muy bonito.
YO - Gracias. Bien, eso fue rápido. Siguiente: ¿qué hay de las exequias?
BOB - Algunos son mejor enterrados que otros por sus méritos como cazadores, pero me preocupa que los descendientes de dichos cazadores se aprovechen de las mencionadas hazañas y que eso, con el tiempo, genere alguna que otra diferencia social.
YO - Ocurrirá, descuida. ¿Es grande tu poder?
BOB - ¿A qué viene esa pregunta, señor?
YO - Nada, es que me aburro. Desfrunza ese ceño fruncido, no eres tú la causa de mi aburrimiento. Bueno, en realidad sí. Pero no importa, me caes bien. ¿Y vuestra faceta artística?
BOB - Todo muy figurativo, ciertamente. Ahora tengo que despedirme de usted; he de pescar y tal. Por cierto, ¿qué es eso que tiene usted entre las manos y que no ha parado de rasgar desde que comenzó nuestra conversación?
YO - ¿Esto? Papel y lápiz. La palabra escrita. ¿Te gusta?
BOB - Me gusta. ¿Puedo verlo?
YO - No faltaría más.
Y así introduje la escritura en el mundo.
De nada.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Los perdidos de la Isla de San Luis
En un principio mi intención era ver esta obra porque uno de mis mejores amigos actuaba en ella. Me aseguró una y otra vez que era un papel de extra, casi sin diálogo; estaba decidido a ir, de todos modos. El día de la obra surgió un imprevisto: el ya mencionado amigo cayó enfermo. Aquí debió acabar esta historia, habida cuenta de que mi motivo inicial había desaparecido: ver actuar a este tío. Sin embargo, ya me había hecho a la idea de presenciar aquella obra, no tenía nada mejor que hacer y me apetecía dar un paseo hasta el lugar, que no quedaba precisamente cerca de mi casa.
En fin, llegué al sitio y esperé a que abriesen las puertas. Una vez abiertas, entré en una habitación con unas cuantas sillas dispuestas a lo largo de dicha sala. No había escenario como tal, pues público y actores quedaban al mismo nivel.
Ya antes de que entrase había allí cuatro mujeres y tres hombres, situados de espaldas al público, que se dedicaban a quitarse sus respectivas chaquetas, dejarlas en el suelo, recogerlas, ponérselas nuevamente y así una y otra vez con suma lentitud durante varios minutos. Me extrañó ver al público guardando un silencio de ultratumba, y comencé a sospechar algo que se me confirmaría unos días más tarde: la función no había comenzado realmente. Ese extraño prolegómeno no formaba parte -por así decirlo- de lo que venía a ser la obra; se trataba de una forma de lograr el mutismo del público, haciéndole creer que la obra estaba comenzando. Si no se trata de esto [lo que acabo de exponer], estoy ante la introducción más incomprensible y presuntuosa que he tenido la desgracia de encontrarme, pensé. Afortunadamente, fue lo primero y no lo segundo.
Después de aquel movimiento -muy astuto, he de reconocer- comenzó la obra de verdad. A primera vista me pareció sencillamente caótica: los personajes -aquellos que actuaban en la obra, más bien; no había protagonistas ni antagonistas, ni personajes propiamente dichos, o al menos yo no supe ver nada de eso- se movían constantemente, en apariencia sin sentido ni destino alguno. A veces, corriendo; otras veces, caminando con absoluta tranquilidad y leyendo un guion -cuaderno, chuleta, apuntes, lo que fuera-, un guion que leían sin intención de disimularlo. En algunas ocasiones leían en un tono de voz tan leve que tenía que hacer auténticos esfuerzos para escuchar lo que decían. Otras, en cambio, gritaban unas cuantas palabras a las que no les encontré sentido.
Había momentos en los que uno o varios actores se situaban tras una pared que les ocultaba de los ojos de los espectadores, y entablaban conversaciones o monólogos casi siempre de carácter sexual, amoroso y/o romántico. Muy de vez en cuando, algún actor o actriz se sentaba en una silla cuidadosamente colocada en la esquina izquierda de la sala para iniciar un soliloquio tremendamente lascivo y erótico.
Llegados a este punto, comenzaré a explicar los detalles que más llamaron mi atención. El más significativo tiene que ver con el contacto visual de los actores con el público. Durante la mayor parte del tiempo no te miraban directamente a los ojos si podían evitarlo. La forma que tenían de desplazarse por el escenario era más bien seca, desapasionada, y la expresión de sus rostros parecía estar enfocada a la indiferencia; caras inexpresivas. No obstante, en el momento de ir a sentarse en la silla a proferir comentarios francamente tórridos se sucedían varios cambios: la forma de caminar del actor o actriz en cuestión se volvía más sugerente, fluida, algo sensual. Pero el gran detalle es el siguiente: en ese preciso momento sí te miraban directamente a los ojos. Y no de cualquier manera, sino haciendo uso de una mirada encendida, seductora, en cierto modo satírica. El contraste resultaba impactante si no te lo veías venir: de estar varios minutos relajado -pero, aún así, alerta- a sentir ese calor que invade a la gente cuando lo que ve comienza a subir de tono. Una sensación acrecentada por el hecho de estar en grupo, por cierto. Además, durante esas partes la iluminación se concentraba únicamente en la silla, quedando el resto del reparto en el extremo opuesto del escenario y a oscuras, lo que te obligaba forzosamente a centrar tu atención en el actor situado en la silla. Y luego, vuelta al ciclo; y así constantemente.
Personalmente, veo esta obra como un intento de apelar a las emociones y sensaciones del público, algo que dista mucho del mero entretenimiento que surge cuando nos cuentan una historia. Un sentido más experimental, una experiencia en lugar de una obra. Huelga decir que el concepto me resulta innovador, atrevido y provocador, más a mí que por lo general no me entusiasmo demasiado con el teatro convencional. Creo que se buscaba jugar a una especie de tira y afloja con el público, zarandearlo, despertar un interés sincero. El argumento era lo de menos -suponiendo que existiera un verdadero argumento. De ser así, es evidente que no lo he captado-, o eso sospecho a raíz de todo lo dicho anteriormente. Dicho de otro modo, las palabras eran lo de menos.
Y luego está el asunto de los tonos de voz: cambiantes, oscilantes, superpuestos -ya que solían hablar varios al mismo tiempo, sin sincronización aparente, buscando crear (considero) un efecto hipnótico-.
Mi interpretación ha sido esta. Al margen de eso, he de decir que me gustó la obra -si bien me aburrí un poco al principio, hasta que comencé a verla como os he contado-; vi tras ella originalidad (lo cual ya de por sí es mucho más de lo que puede decir la mayoría sobre sus trabajos, sean de la índole que sea), y ese cariño, ese entusiasmo, todos esos impulsos indispensables a la hora de llevar a cabo cualquier forma de expresión artística. Y poco más que añadir. Aquella tarde pasé un rato agradable, interesante; a fin de cuentas, eso es lo más importante.
En fin, llegué al sitio y esperé a que abriesen las puertas. Una vez abiertas, entré en una habitación con unas cuantas sillas dispuestas a lo largo de dicha sala. No había escenario como tal, pues público y actores quedaban al mismo nivel.
Ya antes de que entrase había allí cuatro mujeres y tres hombres, situados de espaldas al público, que se dedicaban a quitarse sus respectivas chaquetas, dejarlas en el suelo, recogerlas, ponérselas nuevamente y así una y otra vez con suma lentitud durante varios minutos. Me extrañó ver al público guardando un silencio de ultratumba, y comencé a sospechar algo que se me confirmaría unos días más tarde: la función no había comenzado realmente. Ese extraño prolegómeno no formaba parte -por así decirlo- de lo que venía a ser la obra; se trataba de una forma de lograr el mutismo del público, haciéndole creer que la obra estaba comenzando. Si no se trata de esto [lo que acabo de exponer], estoy ante la introducción más incomprensible y presuntuosa que he tenido la desgracia de encontrarme, pensé. Afortunadamente, fue lo primero y no lo segundo.
Después de aquel movimiento -muy astuto, he de reconocer- comenzó la obra de verdad. A primera vista me pareció sencillamente caótica: los personajes -aquellos que actuaban en la obra, más bien; no había protagonistas ni antagonistas, ni personajes propiamente dichos, o al menos yo no supe ver nada de eso- se movían constantemente, en apariencia sin sentido ni destino alguno. A veces, corriendo; otras veces, caminando con absoluta tranquilidad y leyendo un guion -cuaderno, chuleta, apuntes, lo que fuera-, un guion que leían sin intención de disimularlo. En algunas ocasiones leían en un tono de voz tan leve que tenía que hacer auténticos esfuerzos para escuchar lo que decían. Otras, en cambio, gritaban unas cuantas palabras a las que no les encontré sentido.
Había momentos en los que uno o varios actores se situaban tras una pared que les ocultaba de los ojos de los espectadores, y entablaban conversaciones o monólogos casi siempre de carácter sexual, amoroso y/o romántico. Muy de vez en cuando, algún actor o actriz se sentaba en una silla cuidadosamente colocada en la esquina izquierda de la sala para iniciar un soliloquio tremendamente lascivo y erótico.
Llegados a este punto, comenzaré a explicar los detalles que más llamaron mi atención. El más significativo tiene que ver con el contacto visual de los actores con el público. Durante la mayor parte del tiempo no te miraban directamente a los ojos si podían evitarlo. La forma que tenían de desplazarse por el escenario era más bien seca, desapasionada, y la expresión de sus rostros parecía estar enfocada a la indiferencia; caras inexpresivas. No obstante, en el momento de ir a sentarse en la silla a proferir comentarios francamente tórridos se sucedían varios cambios: la forma de caminar del actor o actriz en cuestión se volvía más sugerente, fluida, algo sensual. Pero el gran detalle es el siguiente: en ese preciso momento sí te miraban directamente a los ojos. Y no de cualquier manera, sino haciendo uso de una mirada encendida, seductora, en cierto modo satírica. El contraste resultaba impactante si no te lo veías venir: de estar varios minutos relajado -pero, aún así, alerta- a sentir ese calor que invade a la gente cuando lo que ve comienza a subir de tono. Una sensación acrecentada por el hecho de estar en grupo, por cierto. Además, durante esas partes la iluminación se concentraba únicamente en la silla, quedando el resto del reparto en el extremo opuesto del escenario y a oscuras, lo que te obligaba forzosamente a centrar tu atención en el actor situado en la silla. Y luego, vuelta al ciclo; y así constantemente.
Personalmente, veo esta obra como un intento de apelar a las emociones y sensaciones del público, algo que dista mucho del mero entretenimiento que surge cuando nos cuentan una historia. Un sentido más experimental, una experiencia en lugar de una obra. Huelga decir que el concepto me resulta innovador, atrevido y provocador, más a mí que por lo general no me entusiasmo demasiado con el teatro convencional. Creo que se buscaba jugar a una especie de tira y afloja con el público, zarandearlo, despertar un interés sincero. El argumento era lo de menos -suponiendo que existiera un verdadero argumento. De ser así, es evidente que no lo he captado-, o eso sospecho a raíz de todo lo dicho anteriormente. Dicho de otro modo, las palabras eran lo de menos.
Y luego está el asunto de los tonos de voz: cambiantes, oscilantes, superpuestos -ya que solían hablar varios al mismo tiempo, sin sincronización aparente, buscando crear (considero) un efecto hipnótico-.
Mi interpretación ha sido esta. Al margen de eso, he de decir que me gustó la obra -si bien me aburrí un poco al principio, hasta que comencé a verla como os he contado-; vi tras ella originalidad (lo cual ya de por sí es mucho más de lo que puede decir la mayoría sobre sus trabajos, sean de la índole que sea), y ese cariño, ese entusiasmo, todos esos impulsos indispensables a la hora de llevar a cabo cualquier forma de expresión artística. Y poco más que añadir. Aquella tarde pasé un rato agradable, interesante; a fin de cuentas, eso es lo más importante.
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